miércoles, 16 de junio de 2021

 MEMORIAS DE LA COMUNIDAD 13 DE JUNIO, AÑO 2021

Si hay algo que hacemos los humanos en cada instante de nuestra vivencia por este mundo es crear historia. La historia no se reduce a lo que nos enseñan en las escuelas, ni se limita a hablar de grandes héroes y ricas naciones. Cada persona teje su historia desde sus primeros días terrestres hasta el último suspiro que exhala. Toda familia crea su particular historia de vida y así...cada núcleo humano va compilando la suya. El tiempo y el espacio son el escenario donde producimos y almacenamos nuestra larga historia humana.

Pero hay algo que todos saben, los libros, las grandes revistas, las cadenas televisivas y las academias no se interesan en hablar de las historias de pequeñas comunidades, pequeñas patrias de hombres, mujeres y niños que casi siempre permanecen silenciadas. Pero si algo he aprendido es que estos pequeños terruños guardan muchas riquezas culturales, atesoran grandes vivencias históricas y son geografía de seres vivientes cuyas historias merecen ser contadas. 

A continuación muestro mediante el lenguaje de la fotografía parte de los festejos tradicionales de una pequeña comunidad rural, enclavada en la ciudad de Santa Rosa, Misiones. Esta comarca tiene un brío especial para mí, pues es la patria chica donde nací, me crie y pasé bellas horas de siestas sumergidas en los arroyos, paseos ecológicos y risas compartidas con amabilísimas personas. Finalmente inserto un pequeño archivo PDF que recoge el origen y los primeros habitantes de la comunidad, este archivo puede ser descargado y leído por todos los interesados. De esta manera, las letras cumplen su función de salvar del olvido a una comunidad que como tantas otras día a día no se cansa de hacer su propia historia.  



















https://drive.google.com/file/d/1uswKIQIre45_d9r333XALRqLg3cSuM-_/view?usp=sharing

    Con el este enlace puede descargar el archivo. 

domingo, 23 de mayo de 2021


 El hombre elefante, alegoría de la tragedia humana

"¡No soy un elefante! ¡No soy un animal! ¡Soy un ser humano! ¡Soy... un...hombre!" grita Joseph Merrick a una multitud que se agolpa y lo acorrala en un metro londinense para observarlo como espectáculo, o como bestia, o monstruo desprovisto de toda dignidad humana. El hombre elefante es una brillante película de culto estadounidense estrenada en 1980. Narra la trágica existencia del británico Joseph Merrick (1862-1890) quien padeció del síndrome de proteus. Este trastorno le ocasionó un crecimiento desmedido del cráneo, huesos y piel. Desde sus primeros años de vida presenció como su rostro, manos y brazo derecho se le hinchaba enorme y desproporcionadamente. Además, varias partes del cuerpo fueron territorio donde crecían tumores, desarrollándole una especie de joroba. Parece increíble, pero su deformación no parecía saber de límites; también sus caderas presentaban una deformación y las medidas anormales de los pies lo hacían cojear. 

La historia cuenta que su madre era una hermosa y piadosa mujer. Esta, debido a las constantes burlas y acosos que recibía su hijo lo acompañaba a todas partes y educaba con la lectura de la biblia y libros que pronto dieron resultados: Joseph desde temprana edad demostró talento para aprender, un refinado vocabulario y sensibilidad ante la vida. Pero el niño pronto se encontraría desamparado, pues a los once años fallece su madre. Desde ese momento, es posible afirmar que la tragedia lo absorbió por completo. Para los ojos de la sociedad, él ni siquiera era un animal, era un fenómeno que debía ser catalogado como una nueva rareza de la naturaleza, quizá con alguna pisca de hombre y mayoritariamente bestia, es decir, un hombre-elefante.   

Son dos los puntos que tocaré brevemente en las siguientes líneas (hay mucha lectura en la red que analiza tanto la película como la biografía del hombre elefante): el espectáculo dentro de la sociedad y la tragedia del hombre-elefante, como espejo. Ya en los primeros minutos la cinta nos sumerge en un ruidoso circo donde uno de los espectáculos es pagar una entrada para ver al hombre elefante, único en su especie. Entre los espectadores se encuentra el compasivo cirujano Frederick Treves (Anthony Hopkins) quien, motivado por la piedad, paga al propietario de Joseph para poder llevarlo unos días al hospital real de Londres y hacerle unos chequeos. No peque el lector en pensar que por trasladarse al hospital, Joseph dejará de ser un espectáculo para convertirse en un paciente. Las enfermeras le temen y lo rechazan. Evitan a toda costa dejarlo salir de su sala-escondite, a manera de evitar una incomodidad que pueda generar su presencia en los pasillos del hospital. Sin embargo, un conserje no desaprovecha la oportunidad para hacerse de dinero cobrando la entrada a todo a quien que clandestinamente pagara por ver al nuevo fenómeno del hospital. 

Pronto la estadía de Joseph en el hospital cobra fama y empiezan a visitarlo artistas, personas adineradas y celebridades que emprenden una especie de carrera por no quedar fuera de los que llegan a ver de cerca al afamado hombre-elefante. Por esto es comprensible que el mismo cirujano y amigo de Joseph se haya preguntado y reprochado en una noche si, acaso él no sería uno más de los malos en la tragedia del hombre-elefante, al  exhibirlo y alimentando con ello el morbo de las personas. Y es que muchos fueron los malos que han pasado por la vida de Joseph, desde el padre que lo rechazó, pasando por la madrastra que lo despreciaba, hasta los que le negaban un trabajo por tener un rostro tan anormal que, sin dudas, espantaría a la clientela. 

¿Qué empuja al hombre a desprenderse de su dinero, a gastar su tiempo para asistir a un espectáculo? Bien sabemos que el espectáculo es toda una industria desde antiguas épocas hasta los días que corren. Desde ir al cine, pagar por un lugar en el estadio, contratar una cuenta de Netflix, o pasar largos minutos viendo memes en las redes que muestren algún tipo de burla o crítica de la sociedad misma. ¿Está ávido el hombre de ser partícipe de algún tipo de espectáculo que lo haga olvidar de sus propios dolores o la tragedia misma de existir? Ahora, creo entrever que, salvo los locos, uno nunca se considera un sujeto digno de servir como espectáculo; siempre el otro lo será. Un otro como Joseph Merrick con quien la naturaleza fue implacable y dueño de una tragedia muy notoria, un perfecto blanco donde apuntar ya sea para reírse, escupir o simplemente agradecer que al menos nuestras miserias no son tan visibles como las de él. Podemos ocultarlos y de hecho nos empeñamos en ocultarlos todos los días de nuestras vidas. 

Destaco la ingenuidad, la bondad y la fuerte voluntad de Joseph que a pesar de ser rechazado y juzgado durante casi toda su vida, nunca demostró rencor hacia los hombres. Siempre mantuvo intacto su fe hacia la religión que le inculcara la madre y soportaba con estoicismo el odio que recibía de su entorno. Joseph Merrick fue dueño de una enorme belleza. Una belleza que subyacía bajo su desfigurado rostro y deformados huesos. Muy pocos fueron quienes lograron percibirlo, como su madre, el cirujano Treves o la actriz Kendall. Para la mayoría, él simplemente fue un hombre-elefante que merecía ser repudiado y marginalizado por ser tan horripilante. Sin dudas, los veintisiete años de calvario por este mundo que tuvo que soportar sirvieron para reflejar el verdadero rostro de los hombres. ¿Quién es más bestia, la persona que padecía una terrible enfermedad incurable o los hombres que le hicieron la vida imposible por habitar un cuerpo deformado?

Joseph murió a los veintisiete años. Uno de sus cuadros favoritos era de un niño durmiendo plácidamente bajo el calor de su colcha. Él, debido a lo prominente de su rostro, dormía sentado entre decenas de almohadas. Una mañana lo encuentran muerto acostado bajo su colcha, el peso de su cuello y cabeza no resistieron tanto peso. 

Es cierto que mi forma es muy extraña,

pero culparme por ello es culpar a Dios;

si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo 

procuraría no fallar en complacerte.

(Versos de J. Merrick extraído de la red)

lunes, 19 de abril de 2021


Santa María de Fe, sinónimo de piedras, naturaleza y vestigios jesuíticos 

 Para escapar del tedio provocado por esta interminable pandemia, con Víctor; un primo y compañero de horas, arrancamos la motocicleta y nos adentramos en la encantadora comunidad de Santa María de Fe, en el departamento de Misiones. Este distrito fue fundado en el año 1647 por religiosos jesuitas en la parte central del Paraguay, pero por el asedio de grupos beligerantes fue trasladada en tierras misioneras.

Para una mayor aventura nos deslizamos sobre un camino de tierra roja que une nuestro pueblo natal con la ciudad visitada, ciudad que a pesar de estar a poco menos de treinta kilómetros, hasta ese momento era desconocida para nuestros ojos. Con la brisa de abril meciéndome en su frescor, los rayos solares que empezaban a bañar de oro el paisaje verde azulado, de cuando en cuando cortado por tejas y chimeneas que expulsaban olores de cocidos quemados y mbeju tostándose en el calor del sartén, me percaté lo bien que se siente el dejar atrás lo familiar, lo conocido, para adentrarse en rincones desconocidos que están ahí, a la espera de ser descubierto para ofrecer su magia. Los teros y kuarahy membýes ofrecían espectaculares escenas en los campos que bordeaban el camino y en el horizonte se elevaba sereno el kurusu cerro. 

Centenares de casas con cercos de maderas, pequeños jardines repletos de coloridas flores y esculturas talladas en piedras ornamentaban los hogares que, a esas horas tenían a sus habitantes tomando el mate bajo los árboles o compartiendo el desayuno en los corredores. Lo que más llamó mi atención fueron las esculturas de piedras rojas. Algunas imitaban formas de aves y mamíferos, otras servían de mesitas y bancos, e incluso, una casa tenía sus columnas hechas totalmente de piedra esculpida. En el acto entendí que Santa María y las piedras que brotaban en su cerro mantenían un relacionamiento simbiótico digno de ser estudiado por naturalistas o antropólogos. Por esto no me resulta raro que en el siglo XIX el Sabio francés Aimé Bonpland, uno de los hombres más ilustres que haya pisado tierras paraguayas, haya permanecido una década en el lugar. Bonpland además de estudiar la botánica y dedicarse a curar a los enfermos también encontró el amor y dejó descendencias en esta localidad. 

Una vez llegado en el cerro, pudimos apreciar una de las mejores panorámicas del departamento de Misiones. Frondosos árboles de kurupaýes, lapachos e inciensos se erguían entre las rocas. Nos dispusimos a tomar el infaltable mate mientras el cantar de las aves y el zumbido de las abejas ponían melodía a la mañana dominical. Al transcurrir unos minutos una alegre familia de peregrinantes llega a la capilla situada en la cima. Tras contemplar el paisaje se ponen a rezar. Supuse que venían a pagar alguna promesa, pues al término nos ofrecieron bocaditos y golosinas que endulzaron aún más la media mañana que disfrutando estábamos en medio del verdor de la naturaleza. 


 Al descender del cerro nos dirigimos a conocer el centro histórico de la ciudad. Una idílica plaza se estaba construyendo a la vera de un cristalino arroyo. Nuevamente las piedras rojas eran las protagonistas en el lugar, estas, servían de materiales para esculpir mesitas, bancos y artesanías que se erigían sobre pasarelas también a base de piedras rojas.


En forma de observación, si algún habitante de esta ciudad me leyese, ¡qué nivel de belleza alcanzaría esta plaza si plantas y flores bien cuidadas bordearan los bordes sinuosos del arroyo! Los coliflores y las mariposas emigrarían aquí y solitarios contempladores, acaso espigarían los mejores versos que la naturaleza pueda inspirar.

Al avanzar unos metros nos adentramos en el centro de la ciudad. Grande y reconfortante fue mi sorpresa al observar el buen estado de las antiguas casas jesuíticas que, a más de tres siglos de levantadas se mantienen en armonía con las construcciones modernas. La mayor parte de las casas sirven para proyectar la riqueza cultural de la ciudad, como museos, hospedajes y pequeños centros culturales. La plaza central, hábitat de centenarios, quizá milenarios árboles, ofrecían sus frondosas sombras a familias que compartían el tereré y a niños que pedaleaban en sus bicicletas. Incluso las calles hablaban de ayeres lejanos con sus adoquines color rojo. 

Santa María de Fe, comunidad sureña, distante a unos 253 kilómetros de Asunción es una ciudad en profunda conexión con las piedras, la naturaleza y su pasado histórico. No obstante, también sus habitantes miran al futuro y comprenden que el desarrollo de las sociedades humanas se basan en el cuidado de la naturaleza, la explotación equilibrada de los recursos provenientes de la tierra y el resguardo de su pasado colectivo. Sus carreteras en excelente estado, la limpieza que se observa en la ciudad, la amabilidad de sus habitantes, el cuidado hacia su naturaleza, la fábrica de azúcar que da fuente de trabajo a los conciudadanos y los diferentes centros de artesanías son algunos de los motivos que me impulsaron a dedicarle estas contadas líneas.   



jueves, 18 de marzo de 2021


                                                                (imagen extraída de la red)

Densas nubes grises se proyectan sobre el Paraguay. Dejan caer sus hojas las oveñas, enferman los duraznos, las llanuras pierden su verdor. Entre muecas, quejas y silencios, el alma paraguaya prosigue su peregrinar… La pandemia, ayer lejana fábula, hoy, perturbadora pesadilla.

En turbias aguas toda amenaza puede emerger. Y no falta quien se beneficie del hambre, desesperación y pánico colectivo. En horas como estas no solo se lucha contra el hambre, la injusticia y la ignorancia… hay quienes miran más allá y se preguntan: ¿Dónde yace la raíz de tanto mal? Multitudinarios dedos apuntan hacia el trono, donde enclenque y embrutecido se asienta un robusto paladín. Triste espectáculo, parecido a un niño caprichoso jugando en su castillo regalado por papá, mientras delira en días pasados en que sus ventanales permanecían abiertos de par en par. 

Gente, no se engañen con la blancura y apatía de aquel hombre. En sus venas resguarda sangre de dictadores; en su mente, susurran voces totalitarias, maquiavélicas.

El pueblo, abrumado bajo el yugo de tantos días llenos de miedo, miseria y silencio; exige sobriedad y coherencia a quien dice conducir el timón del barco. Pues los vientos azotan y las mareas amenazan con tragar a todos por igual. Cosa notable, el niño títere se torna invisible, abroquelado en su torre de ladrillo y cemento.

El pueblo, finalmente venció el silencio. Pero respuestas… no bajó de ningún rincón.  ¡Las horas corren, más muertes, más hambrientos, más desesperados y la incertidumbre corroe toda atmósfera! Los gritos se encadenan en una única armonía… pero los capitanes no escuchan, en sus aposentos beben caña, escuchan kachacas y juegan al maka’i. Uno solo es el lema: ante el grito de esos hombres, sigamos cansándoles con el silencio. Si se empeñan; propinémosles el miedo.

Difícil es predecir qué hará ahora el pueblo, carente aún de un núcleo unificador o verdadero lema que alcanzar, pero los de arriba, ya abocados en artilugios y estrategias están, heredados por su linaje color sangre escarlata.

Bajo los grises nubarrones, hablan las aves. En un concilio plumífero, en la cima del cerro Tres kandu, los yryvúes apoyan una sangrienta lucha sin importar la pila de cadáveres, ellos lo recogerían. Las golondrinas clamaron paz, que aún hay primaveras que danzar. Difícil entender la perorata de los loros parlanchines, pero a mí me gustó la postura de los Urutaúes: “estas tierras nunca disfrutaron de verdadera paz. ¿A caso, producto de la hipocresía o resultado del autoengaño no es el afirmar que se vive en paz cuando el día a día se transita en medio de desigualdades, injusticias, miserias e ignorancia? Si aspiran a la paz, deben conquistarla, no engañándose en tenerla”.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Explorando milenario cerro

 


     En momentos de elevada tensión e incertidumbre social en la casi ignota república paraguaya, recibí la invitación de un joven vecino mío para entrar a explorar uno de los recodos del cerro Ita morotĩ. Puedo afirmar ahora, mientras concateno estas ideas, que este recorrido por las entrañas del mencionado cerro armonizó mi espíritu y amortiguó todo ánimo de impotencia e indignación frente a los turbulentos sucesos que hasta ahora siguen acorralando a mi país.
     Obviaré las novedades sociopolíticasen otros escritos, sin dudas, las abordaré y en las siguientes líneas, la naturaleza verde y sabia será la única protagonista; yo un mero transmisor emocionado por los hallazgos. Comienzo mencionando que el cerro Ita morotĩ es un majestuoso conjunto de collados ubicados en el municipio de Santa Rosa de las Misiones, distante a unos 195 kilómetros de Asunción. curiosamente este cerro no aparece dentro del catálogo de cerros del Paraguay. Es así que su nombre, lejos de ser oficial, es más bien popular. Y tiene una explicación bastante obvia: existe una abundancia de medianas, grandes y enormes rocas barnizadas naturalmente por hongos de colores blanquecinos y grisáceos. De ahí el nombre en guaraní que significa piedras blancas. Este cerro, a pesar de su aparente anonimato, recibe las visitas de miles de personas al año, pues, las perspectivas paisajísticas que ofrece se mezcla con el olor agreste de las tierras misioneras; un vaho de pasado jesuítico, tajamares y, un cielo azul orquestado continuamente por Ypekũ y urutaúes.
     Sin embargo, con mi vecino, esta vez nos adentramos en uno de los recodos casi o nunca visitados. Nos propusimos hacer una especie de hito y ser los primeros pobladores en sumergirse en esas cimas, y así fue. El bosque que vestía las faldas del cerro era totalmente virgen, pues no había sendero alguno ni desechos humanos a lo largo y ancho del espacio. Aves, insectos y reptiles deambulaban por los alrededores y bandadas de cuervos negros aleteaban en las cúspides del cerro. Avanzando algunos metros más dimos con lo que parecía ser una colosal roca con grietas, garabatos naturales e infinidades de plantas, algas e incluso árboles viviendo a costa de ella. Después de unas tomas fotográficas y grandes suspiros de contemplación, escalamos dificultosamente la roca y, grande fue nuestra sorpresa cuando nos percatamos que la enorme piedra se extendía en altura y ancho, traspasando añejos árboles, matorrales, lianas y presentaba varios ángulos en formas de antiguas cavernas.
     Espontáneamente, bautizamos nuestro hallazgo con Ita raity (Nido de piedras). A medida que seguíamos escalando no solo nos maravillábamos con la inmensidad de la roca, sino la antigüedad que presentaba en su fisonomía multicolor, pues de antiguo tiene mucho, sin embargo, su imponente contextura mostraba vida y energía eterna que, al menos a mí, me atraía con toda su gravedad. Me maravilló imaginarme a la roca como una madre mineral dadora de vida a los diversos reinos que vivían en su amparo. se trataba de una simbiosis silenciosa y dinámica que hasta ese momento, era totalmente inexistente para mí, a pesar de encontrarse a unos escasos kilómetros de mi hogar. 
     Al llegar a la primera cima, y tras unos refrescantes sorbos de tereré, continuamos nuestro recorrido, yendo a dar con otra pared rocosa que nos ofrecía el descenso en medio de sus escalones naturales y rústicos. Mi vecino expresó en tono fantasioso, que quizás, algunos titanes habrían organizado esos bloques de piedra. Me resultó coherente tal proposición, pues a medida que bajábamos, las piedras se tornaban en arquitecturas más llamativas, parecidas a paredes artificiales de enormes rocas trabándose de forma manual en el vacío de ese antiguo bosque arbolado de cedros, lapachos y pakuríes. 
     Profunda ha sido mi admiración y respeto ante el universo de rocas erigidas bajo el silencio del cielo guaraní. Todo el espacio trasuntaba un no sé qué de antiguo, sagrado y misterioso. También me nacieron sentimientos ambivalentes: por un lado, estuve feliz de que el humano y su delirio no hayan penetrado aún ese lugar, pues, con él suelen venir la muerte, agonía y aniquilamiento de grandes reservas naturales del planeta tierra; por otro lado, me brotaron una especie de tristeza profunda al entender que la belleza engendrada en la naturaleza es arte en estado puro y bien pudiera curar, o al menos, amortizar las enfermedades del alma como la depresión, ansiedad y el miedo, que tanto estrago están propinando a la humanidad. Más que nido de rocas, este notable lugar puede llegar a ser un santuario de rocas, tan curativas como caminar descalzo bajo la lluvia o zambullirse en las aguas termales. Sin embargo, aún no es apreciado por muchos buscadores y amantes de lo natural. De momento, este santuario de rocas seguirá adormeciéndose en su profunda serenidad a la espera de algún intrépido aventurero...

 
                                                                                                               Gabriel V. C.

 MEMORIAS DE LA COMUNIDAD 13 DE JUNIO, AÑO 2021 Si hay algo que hacemos los humanos en cada instante de nuestra vivencia por este mundo es c...