(imagen extraída de la red)
Densas nubes
grises se proyectan sobre el Paraguay. Dejan caer sus hojas las oveñas,
enferman los duraznos, las llanuras pierden su verdor. Entre muecas, quejas y
silencios, el alma paraguaya prosigue su peregrinar… La pandemia, ayer lejana
fábula, hoy, perturbadora pesadilla.
En turbias
aguas toda amenaza puede emerger. Y no falta quien se beneficie del hambre, desesperación
y pánico colectivo. En horas como estas no solo se lucha contra el hambre, la
injusticia y la ignorancia… hay quienes miran más allá y se preguntan: ¿Dónde
yace la raíz de tanto mal? Multitudinarios dedos apuntan hacia el trono, donde enclenque
y embrutecido se asienta un robusto paladín. Triste espectáculo, parecido a un
niño caprichoso jugando en su castillo regalado por papá, mientras delira en
días pasados en que sus ventanales permanecían abiertos de par en par.
Gente, no se
engañen con la blancura y apatía de aquel hombre. En sus venas resguarda sangre
de dictadores; en su mente, susurran voces totalitarias, maquiavélicas.
El pueblo,
abrumado bajo el yugo de tantos días llenos de miedo, miseria y silencio; exige
sobriedad y coherencia a quien dice conducir el timón del barco. Pues los
vientos azotan y las mareas amenazan con tragar a todos por igual. Cosa
notable, el niño títere se torna invisible, abroquelado en su torre de ladrillo
y cemento.
El pueblo,
finalmente venció el silencio. Pero respuestas… no bajó de ningún rincón. ¡Las horas corren, más muertes, más
hambrientos, más desesperados y la incertidumbre corroe toda atmósfera! Los
gritos se encadenan en una única armonía… pero los capitanes no escuchan, en
sus aposentos beben caña, escuchan kachacas y juegan al maka’i. Uno solo es el
lema: ante el grito de esos hombres, sigamos cansándoles con el silencio. Si se
empeñan; propinémosles el miedo.
Difícil es
predecir qué hará ahora el pueblo, carente aún de un núcleo unificador o
verdadero lema que alcanzar, pero los de arriba, ya abocados en artilugios y
estrategias están, heredados por su linaje color sangre escarlata.
Bajo los grises
nubarrones, hablan las aves. En un concilio plumífero, en la cima del cerro
Tres kandu, los yryvúes apoyan una sangrienta lucha sin importar la pila de
cadáveres, ellos lo recogerían. Las golondrinas clamaron paz, que aún hay
primaveras que danzar. Difícil entender la perorata de los loros parlanchines,
pero a mí me gustó la postura de los Urutaúes: “estas tierras nunca disfrutaron
de verdadera paz. ¿A caso, producto de la hipocresía o resultado del autoengaño
no es el afirmar que se vive en paz cuando el día a día se transita en medio de
desigualdades, injusticias, miserias e ignorancia? Si aspiran a la paz, deben
conquistarla, no engañándose en tenerla”.



