jueves, 18 de marzo de 2021


                                                                (imagen extraída de la red)

Densas nubes grises se proyectan sobre el Paraguay. Dejan caer sus hojas las oveñas, enferman los duraznos, las llanuras pierden su verdor. Entre muecas, quejas y silencios, el alma paraguaya prosigue su peregrinar… La pandemia, ayer lejana fábula, hoy, perturbadora pesadilla.

En turbias aguas toda amenaza puede emerger. Y no falta quien se beneficie del hambre, desesperación y pánico colectivo. En horas como estas no solo se lucha contra el hambre, la injusticia y la ignorancia… hay quienes miran más allá y se preguntan: ¿Dónde yace la raíz de tanto mal? Multitudinarios dedos apuntan hacia el trono, donde enclenque y embrutecido se asienta un robusto paladín. Triste espectáculo, parecido a un niño caprichoso jugando en su castillo regalado por papá, mientras delira en días pasados en que sus ventanales permanecían abiertos de par en par. 

Gente, no se engañen con la blancura y apatía de aquel hombre. En sus venas resguarda sangre de dictadores; en su mente, susurran voces totalitarias, maquiavélicas.

El pueblo, abrumado bajo el yugo de tantos días llenos de miedo, miseria y silencio; exige sobriedad y coherencia a quien dice conducir el timón del barco. Pues los vientos azotan y las mareas amenazan con tragar a todos por igual. Cosa notable, el niño títere se torna invisible, abroquelado en su torre de ladrillo y cemento.

El pueblo, finalmente venció el silencio. Pero respuestas… no bajó de ningún rincón.  ¡Las horas corren, más muertes, más hambrientos, más desesperados y la incertidumbre corroe toda atmósfera! Los gritos se encadenan en una única armonía… pero los capitanes no escuchan, en sus aposentos beben caña, escuchan kachacas y juegan al maka’i. Uno solo es el lema: ante el grito de esos hombres, sigamos cansándoles con el silencio. Si se empeñan; propinémosles el miedo.

Difícil es predecir qué hará ahora el pueblo, carente aún de un núcleo unificador o verdadero lema que alcanzar, pero los de arriba, ya abocados en artilugios y estrategias están, heredados por su linaje color sangre escarlata.

Bajo los grises nubarrones, hablan las aves. En un concilio plumífero, en la cima del cerro Tres kandu, los yryvúes apoyan una sangrienta lucha sin importar la pila de cadáveres, ellos lo recogerían. Las golondrinas clamaron paz, que aún hay primaveras que danzar. Difícil entender la perorata de los loros parlanchines, pero a mí me gustó la postura de los Urutaúes: “estas tierras nunca disfrutaron de verdadera paz. ¿A caso, producto de la hipocresía o resultado del autoengaño no es el afirmar que se vive en paz cuando el día a día se transita en medio de desigualdades, injusticias, miserias e ignorancia? Si aspiran a la paz, deben conquistarla, no engañándose en tenerla”.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Explorando milenario cerro

 


     En momentos de elevada tensión e incertidumbre social en la casi ignota república paraguaya, recibí la invitación de un joven vecino mío para entrar a explorar uno de los recodos del cerro Ita morotĩ. Puedo afirmar ahora, mientras concateno estas ideas, que este recorrido por las entrañas del mencionado cerro armonizó mi espíritu y amortiguó todo ánimo de impotencia e indignación frente a los turbulentos sucesos que hasta ahora siguen acorralando a mi país.
     Obviaré las novedades sociopolíticasen otros escritos, sin dudas, las abordaré y en las siguientes líneas, la naturaleza verde y sabia será la única protagonista; yo un mero transmisor emocionado por los hallazgos. Comienzo mencionando que el cerro Ita morotĩ es un majestuoso conjunto de collados ubicados en el municipio de Santa Rosa de las Misiones, distante a unos 195 kilómetros de Asunción. curiosamente este cerro no aparece dentro del catálogo de cerros del Paraguay. Es así que su nombre, lejos de ser oficial, es más bien popular. Y tiene una explicación bastante obvia: existe una abundancia de medianas, grandes y enormes rocas barnizadas naturalmente por hongos de colores blanquecinos y grisáceos. De ahí el nombre en guaraní que significa piedras blancas. Este cerro, a pesar de su aparente anonimato, recibe las visitas de miles de personas al año, pues, las perspectivas paisajísticas que ofrece se mezcla con el olor agreste de las tierras misioneras; un vaho de pasado jesuítico, tajamares y, un cielo azul orquestado continuamente por Ypekũ y urutaúes.
     Sin embargo, con mi vecino, esta vez nos adentramos en uno de los recodos casi o nunca visitados. Nos propusimos hacer una especie de hito y ser los primeros pobladores en sumergirse en esas cimas, y así fue. El bosque que vestía las faldas del cerro era totalmente virgen, pues no había sendero alguno ni desechos humanos a lo largo y ancho del espacio. Aves, insectos y reptiles deambulaban por los alrededores y bandadas de cuervos negros aleteaban en las cúspides del cerro. Avanzando algunos metros más dimos con lo que parecía ser una colosal roca con grietas, garabatos naturales e infinidades de plantas, algas e incluso árboles viviendo a costa de ella. Después de unas tomas fotográficas y grandes suspiros de contemplación, escalamos dificultosamente la roca y, grande fue nuestra sorpresa cuando nos percatamos que la enorme piedra se extendía en altura y ancho, traspasando añejos árboles, matorrales, lianas y presentaba varios ángulos en formas de antiguas cavernas.
     Espontáneamente, bautizamos nuestro hallazgo con Ita raity (Nido de piedras). A medida que seguíamos escalando no solo nos maravillábamos con la inmensidad de la roca, sino la antigüedad que presentaba en su fisonomía multicolor, pues de antiguo tiene mucho, sin embargo, su imponente contextura mostraba vida y energía eterna que, al menos a mí, me atraía con toda su gravedad. Me maravilló imaginarme a la roca como una madre mineral dadora de vida a los diversos reinos que vivían en su amparo. se trataba de una simbiosis silenciosa y dinámica que hasta ese momento, era totalmente inexistente para mí, a pesar de encontrarse a unos escasos kilómetros de mi hogar. 
     Al llegar a la primera cima, y tras unos refrescantes sorbos de tereré, continuamos nuestro recorrido, yendo a dar con otra pared rocosa que nos ofrecía el descenso en medio de sus escalones naturales y rústicos. Mi vecino expresó en tono fantasioso, que quizás, algunos titanes habrían organizado esos bloques de piedra. Me resultó coherente tal proposición, pues a medida que bajábamos, las piedras se tornaban en arquitecturas más llamativas, parecidas a paredes artificiales de enormes rocas trabándose de forma manual en el vacío de ese antiguo bosque arbolado de cedros, lapachos y pakuríes. 
     Profunda ha sido mi admiración y respeto ante el universo de rocas erigidas bajo el silencio del cielo guaraní. Todo el espacio trasuntaba un no sé qué de antiguo, sagrado y misterioso. También me nacieron sentimientos ambivalentes: por un lado, estuve feliz de que el humano y su delirio no hayan penetrado aún ese lugar, pues, con él suelen venir la muerte, agonía y aniquilamiento de grandes reservas naturales del planeta tierra; por otro lado, me brotaron una especie de tristeza profunda al entender que la belleza engendrada en la naturaleza es arte en estado puro y bien pudiera curar, o al menos, amortizar las enfermedades del alma como la depresión, ansiedad y el miedo, que tanto estrago están propinando a la humanidad. Más que nido de rocas, este notable lugar puede llegar a ser un santuario de rocas, tan curativas como caminar descalzo bajo la lluvia o zambullirse en las aguas termales. Sin embargo, aún no es apreciado por muchos buscadores y amantes de lo natural. De momento, este santuario de rocas seguirá adormeciéndose en su profunda serenidad a la espera de algún intrépido aventurero...

 
                                                                                                               Gabriel V. C.

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