Santa María de Fe, sinónimo de piedras, naturaleza y vestigios jesuíticos
Para escapar del tedio provocado por esta interminable pandemia, con Víctor; un primo y compañero de horas, arrancamos la motocicleta y nos adentramos en la encantadora comunidad de Santa María de Fe, en el departamento de Misiones. Este distrito fue fundado en el año 1647 por religiosos jesuitas en la parte central del Paraguay, pero por el asedio de grupos beligerantes fue trasladada en tierras misioneras.
Para una mayor aventura nos deslizamos sobre un camino de tierra roja que une nuestro pueblo natal con la ciudad visitada, ciudad que a pesar de estar a poco menos de treinta kilómetros, hasta ese momento era desconocida para nuestros ojos. Con la brisa de abril meciéndome en su frescor, los rayos solares que empezaban a bañar de oro el paisaje verde azulado, de cuando en cuando cortado por tejas y chimeneas que expulsaban olores de cocidos quemados y mbeju tostándose en el calor del sartén, me percaté lo bien que se siente el dejar atrás lo familiar, lo conocido, para adentrarse en rincones desconocidos que están ahí, a la espera de ser descubierto para ofrecer su magia. Los teros y kuarahy membýes ofrecían espectaculares escenas en los campos que bordeaban el camino y en el horizonte se elevaba sereno el kurusu cerro.
Centenares de casas con cercos de maderas, pequeños jardines repletos de coloridas flores y esculturas talladas en piedras ornamentaban los hogares que, a esas horas tenían a sus habitantes tomando el mate bajo los árboles o compartiendo el desayuno en los corredores. Lo que más llamó mi atención fueron las esculturas de piedras rojas. Algunas imitaban formas de aves y mamíferos, otras servían de mesitas y bancos, e incluso, una casa tenía sus columnas hechas totalmente de piedra esculpida. En el acto entendí que Santa María y las piedras que brotaban en su cerro mantenían un relacionamiento simbiótico digno de ser estudiado por naturalistas o antropólogos. Por esto no me resulta raro que en el siglo XIX el Sabio francés Aimé Bonpland, uno de los hombres más ilustres que haya pisado tierras paraguayas, haya permanecido una década en el lugar. Bonpland además de estudiar la botánica y dedicarse a curar a los enfermos también encontró el amor y dejó descendencias en esta localidad.
Una vez llegado en el cerro, pudimos apreciar una de las mejores panorámicas del departamento de Misiones. Frondosos árboles de kurupaýes, lapachos e inciensos se erguían entre las rocas. Nos dispusimos a tomar el infaltable mate mientras el cantar de las aves y el zumbido de las abejas ponían melodía a la mañana dominical. Al transcurrir unos minutos una alegre familia de peregrinantes llega a la capilla situada en la cima. Tras contemplar el paisaje se ponen a rezar. Supuse que venían a pagar alguna promesa, pues al término nos ofrecieron bocaditos y golosinas que endulzaron aún más la media mañana que disfrutando estábamos en medio del verdor de la naturaleza.
Al descender del cerro nos dirigimos a conocer el centro histórico de la ciudad. Una idílica plaza se estaba construyendo a la vera de un cristalino arroyo. Nuevamente las piedras rojas eran las protagonistas en el lugar, estas, servían de materiales para esculpir mesitas, bancos y artesanías que se erigían sobre pasarelas también a base de piedras rojas.
En forma de observación, si algún habitante de esta ciudad me leyese, ¡qué nivel de belleza alcanzaría esta plaza si plantas y flores bien cuidadas bordearan los bordes sinuosos del arroyo! Los coliflores y las mariposas emigrarían aquí y solitarios contempladores, acaso espigarían los mejores versos que la naturaleza pueda inspirar.
Al avanzar unos metros nos adentramos en el centro de la ciudad. Grande y reconfortante fue mi sorpresa al observar el buen estado de las antiguas casas jesuíticas que, a más de tres siglos de levantadas se mantienen en armonía con las construcciones modernas. La mayor parte de las casas sirven para proyectar la riqueza cultural de la ciudad, como museos, hospedajes y pequeños centros culturales. La plaza central, hábitat de centenarios, quizá milenarios árboles, ofrecían sus frondosas sombras a familias que compartían el tereré y a niños que pedaleaban en sus bicicletas. Incluso las calles hablaban de ayeres lejanos con sus adoquines color rojo.
Santa María de Fe, comunidad sureña, distante a unos 253 kilómetros de Asunción es una ciudad en profunda conexión con las piedras, la naturaleza y su pasado histórico. No obstante, también sus habitantes miran al futuro y comprenden que el desarrollo de las sociedades humanas se basan en el cuidado de la naturaleza, la explotación equilibrada de los recursos provenientes de la tierra y el resguardo de su pasado colectivo. Sus carreteras en excelente estado, la limpieza que se observa en la ciudad, la amabilidad de sus habitantes, el cuidado hacia su naturaleza, la fábrica de azúcar que da fuente de trabajo a los conciudadanos y los diferentes centros de artesanías son algunos de los motivos que me impulsaron a dedicarle estas contadas líneas.



