domingo, 23 de mayo de 2021


 El hombre elefante, alegoría de la tragedia humana

"¡No soy un elefante! ¡No soy un animal! ¡Soy un ser humano! ¡Soy... un...hombre!" grita Joseph Merrick a una multitud que se agolpa y lo acorrala en un metro londinense para observarlo como espectáculo, o como bestia, o monstruo desprovisto de toda dignidad humana. El hombre elefante es una brillante película de culto estadounidense estrenada en 1980. Narra la trágica existencia del británico Joseph Merrick (1862-1890) quien padeció del síndrome de proteus. Este trastorno le ocasionó un crecimiento desmedido del cráneo, huesos y piel. Desde sus primeros años de vida presenció como su rostro, manos y brazo derecho se le hinchaba enorme y desproporcionadamente. Además, varias partes del cuerpo fueron territorio donde crecían tumores, desarrollándole una especie de joroba. Parece increíble, pero su deformación no parecía saber de límites; también sus caderas presentaban una deformación y las medidas anormales de los pies lo hacían cojear. 

La historia cuenta que su madre era una hermosa y piadosa mujer. Esta, debido a las constantes burlas y acosos que recibía su hijo lo acompañaba a todas partes y educaba con la lectura de la biblia y libros que pronto dieron resultados: Joseph desde temprana edad demostró talento para aprender, un refinado vocabulario y sensibilidad ante la vida. Pero el niño pronto se encontraría desamparado, pues a los once años fallece su madre. Desde ese momento, es posible afirmar que la tragedia lo absorbió por completo. Para los ojos de la sociedad, él ni siquiera era un animal, era un fenómeno que debía ser catalogado como una nueva rareza de la naturaleza, quizá con alguna pisca de hombre y mayoritariamente bestia, es decir, un hombre-elefante.   

Son dos los puntos que tocaré brevemente en las siguientes líneas (hay mucha lectura en la red que analiza tanto la película como la biografía del hombre elefante): el espectáculo dentro de la sociedad y la tragedia del hombre-elefante, como espejo. Ya en los primeros minutos la cinta nos sumerge en un ruidoso circo donde uno de los espectáculos es pagar una entrada para ver al hombre elefante, único en su especie. Entre los espectadores se encuentra el compasivo cirujano Frederick Treves (Anthony Hopkins) quien, motivado por la piedad, paga al propietario de Joseph para poder llevarlo unos días al hospital real de Londres y hacerle unos chequeos. No peque el lector en pensar que por trasladarse al hospital, Joseph dejará de ser un espectáculo para convertirse en un paciente. Las enfermeras le temen y lo rechazan. Evitan a toda costa dejarlo salir de su sala-escondite, a manera de evitar una incomodidad que pueda generar su presencia en los pasillos del hospital. Sin embargo, un conserje no desaprovecha la oportunidad para hacerse de dinero cobrando la entrada a todo a quien que clandestinamente pagara por ver al nuevo fenómeno del hospital. 

Pronto la estadía de Joseph en el hospital cobra fama y empiezan a visitarlo artistas, personas adineradas y celebridades que emprenden una especie de carrera por no quedar fuera de los que llegan a ver de cerca al afamado hombre-elefante. Por esto es comprensible que el mismo cirujano y amigo de Joseph se haya preguntado y reprochado en una noche si, acaso él no sería uno más de los malos en la tragedia del hombre-elefante, al  exhibirlo y alimentando con ello el morbo de las personas. Y es que muchos fueron los malos que han pasado por la vida de Joseph, desde el padre que lo rechazó, pasando por la madrastra que lo despreciaba, hasta los que le negaban un trabajo por tener un rostro tan anormal que, sin dudas, espantaría a la clientela. 

¿Qué empuja al hombre a desprenderse de su dinero, a gastar su tiempo para asistir a un espectáculo? Bien sabemos que el espectáculo es toda una industria desde antiguas épocas hasta los días que corren. Desde ir al cine, pagar por un lugar en el estadio, contratar una cuenta de Netflix, o pasar largos minutos viendo memes en las redes que muestren algún tipo de burla o crítica de la sociedad misma. ¿Está ávido el hombre de ser partícipe de algún tipo de espectáculo que lo haga olvidar de sus propios dolores o la tragedia misma de existir? Ahora, creo entrever que, salvo los locos, uno nunca se considera un sujeto digno de servir como espectáculo; siempre el otro lo será. Un otro como Joseph Merrick con quien la naturaleza fue implacable y dueño de una tragedia muy notoria, un perfecto blanco donde apuntar ya sea para reírse, escupir o simplemente agradecer que al menos nuestras miserias no son tan visibles como las de él. Podemos ocultarlos y de hecho nos empeñamos en ocultarlos todos los días de nuestras vidas. 

Destaco la ingenuidad, la bondad y la fuerte voluntad de Joseph que a pesar de ser rechazado y juzgado durante casi toda su vida, nunca demostró rencor hacia los hombres. Siempre mantuvo intacto su fe hacia la religión que le inculcara la madre y soportaba con estoicismo el odio que recibía de su entorno. Joseph Merrick fue dueño de una enorme belleza. Una belleza que subyacía bajo su desfigurado rostro y deformados huesos. Muy pocos fueron quienes lograron percibirlo, como su madre, el cirujano Treves o la actriz Kendall. Para la mayoría, él simplemente fue un hombre-elefante que merecía ser repudiado y marginalizado por ser tan horripilante. Sin dudas, los veintisiete años de calvario por este mundo que tuvo que soportar sirvieron para reflejar el verdadero rostro de los hombres. ¿Quién es más bestia, la persona que padecía una terrible enfermedad incurable o los hombres que le hicieron la vida imposible por habitar un cuerpo deformado?

Joseph murió a los veintisiete años. Uno de sus cuadros favoritos era de un niño durmiendo plácidamente bajo el calor de su colcha. Él, debido a lo prominente de su rostro, dormía sentado entre decenas de almohadas. Una mañana lo encuentran muerto acostado bajo su colcha, el peso de su cuello y cabeza no resistieron tanto peso. 

Es cierto que mi forma es muy extraña,

pero culparme por ello es culpar a Dios;

si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo 

procuraría no fallar en complacerte.

(Versos de J. Merrick extraído de la red)

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